1.- Introducción
El éxito de Prison Break es indiscutible. Desde su aparición en la pequeña pantalla a mediados de 2005, cautivó a los espectadores de todo el mundo. Primero lo hizo en Estados Unidos, el país que lo vio nacer y donde transcurre la mayoría de la historia, y poco a poco fue difundiéndose a lo largo y ancho del orbe, unas veces en su idioma originario —y subtitulado— y otras, la mayoría, dobladas a la lengua en cuestión. Lo que iba a ser una miniserie de 14 capítulos terminó convirtiéndose en un show de cuatro temporadas que se emitió en más de 70 países.
Tal triunfo —bastante inmediato— merece un análisis detenido. Aquí no se trata de describir pormenorizadamente todos los motivos que propiciaron y explicaron la fama que alcanzó esta serie, sino de exponer algunas reflexiones y ofrecer varias conclusiones que se pueden extraer a posteriori.
2.- La trama principal: audaz
Un joven universitario que se mete en una prisión para salvar a su hermano de la pena de muerte. A cualquiera le atrae esa idea. Es sencilla, en efecto, pero sin embargo simpatizamos mucho con las historias que tienen que ver con defender al desvalido, con socorrer a un familiar más allá del propio interés. Y cuando dicha ayuda alcanza las cotas de valentía y entrega que se avanzan ya desde el primer episodio de Prison Break, nuestra curiosidad y nuestro entusiasmo aumentan más todavía.
Michael Scofield, por consiguiente, no tarda en convertirse en nuestro héroe. Todos lo admiramos. Los guionistas supieron reunir muy buenas cualidades en una sola persona. Él brilla, se mire por donde se mire: desde el punto de vista físico, es corpulento y atlético, tiene unos ojos bonitos y penetrantes y viste sus prendas —las que sean, tanto las de presidiario como las de paisano— con gran soltura; y desde el punto de vista inmaterial, que a fin de cuentas es el que tiene un efecto más eficaz y duradero en el público, se trata de un joven especialmente maduro, muy inteligente, reflexivo, previsor, callado, ecuánime y fiel, pero también temerario y entregado a la causa de su hermano. Y, sobre todo, es justo, como se va comprobando conforme avanza la trama principal. No teme a la verdad.
Al público le agrada la figura de Scofield porque es completa, realista y seductora. Es cierto que llega un punto en que sus cálculos para salir de la cárcel —y, más adelante, para huir de sus perseguidores— resultan un tanto increíbles, porque nadie puede prever tantas cosas y de un modo tan acertado y frío, pero el personaje en sí resulta está bien definido y resulta muy verosímil.
Por supuesto, el resto de los protagonistas también están pensados a conciencia. En mi opinión, el hecho de que los guionistas los hayan urdido tan al detalle contribuye directamente a la buena reacción de la audiencia. Cuando una serie fracasa, con frecuencia la explicación se encuentra en los personajes, que están demasiado estereotipados, o en la historia, que es simplona, típica o superficial.
3.- Los aspectos técnicos, otro punto a su favor
Sin duda. La primera temporada transcurre totalmente en un recinto pequeño —a excepción de las secuencias en el exterior, donde la abogada (Robin Tunney) trata de descubrir la verdad—. Es fabuloso comprobar cómo una simple cárcel puede servir de escenario para entretener al público durante veinticuatro episodios sin resultar aburrida y sin incurrir en banales historietas sentimentales.
¿Cómo así? En primer lugar, los numerosos diálogos y las incontables intrigas están sabiamente mezclados con puntuales escenas de acción muy bien dosificadas. El montaje, por su parte, es muy inteligente: de vez en cuando surgen flashbacks que intensifican la narración y dotan de mayor sentido al presente, y todos los capítulos, absolutamente todos, terminan con una escena que inquieta al espectador y lo incitan a poner el siguiente episodio para resolver sus incertidumbres o angustias. La mayoría de los planos de cámara son convencionales, aunque de vez en cuando el espectador se sorprende con una genial panorámica de la prisión o con un plano-detalle del rostro de alguno de los presos. Son alicientes escasos, pero suficientes para animar al espectador y mantenerlo en vilo.
La música es sencilla, y por eso mismo reconocible y memorable. Hay cuatro o cinco piezas que resuenan siempre en los episodios, aunque no con tanta regularidad como para cansar a la audiencia. Y en general, respetando los cánones de toda buena partitura, su ritmo va en consonancia con la velocidad y el frenesí de los acontecimientos que se desarrollan en pantalla.
4.- Aspectos morales
En el fondo de toda la historia de Prison Break subyace constantemente una idea manida, pero no por ello menos importante en esta época: la justicia ha de prevalecer. ¿Y cómo prevalecerá? Cuando se conozca la verdad. Desde el primer capítulo hasta el último, Scofield actúa impelido no por un sentimiento de venganza —tan poco loable y, sin embargo, tan socorrido en las producciones del cine de acción—, sino por el de la búsqueda de la verdad. Scofield es héroe de principio a fin. En él reconocemos virtudes y debilidades.
Al mismo tiempo, desde el inicio de la serie se expone un interesante debate ético: ¿es correcto el planteamiento general de “el fin justifica los medios” que subyace en la historia, desde el momento en que Michael Scofield se mete en una prisiónp para fugarse de ella? Parece que sí lo es, al menos cuando tenemos en cuenta que entre los planes de Scofield estaba el desvelamiento de la verdad. Su misión no es simplemente escaparse de una cárcel y burlar las medidas legales impuestas a él y a su hermano, sino destapar la verdad de los hechos, aunque para lograrlo tenga que recurrir a medidas extremas. Y el hecho es que al final lo consigue.
Es asimismo interesante reconocer lo bien delimitadas que están otras cuestiones morales en Prison Break, y más aún atendiendo a cada uno de los protagonistas, si bien enumerarlas llevaría mucho tiempo. Hay, en fin, una alabanza del perdón y un canto a la redención, a la lealtad y a la honestidad; y una repulsa clara de la pena de muerte, un rechazo de la mentira y de la traición, así como de la avaricia y del egoísmo.
5.- Conclusión
Prison Break tuvo la virtud de saber detenerse a tiempo, de no alargar la historia en exceso, de cerrar el ciclo narrativo con elegancia. A diferencia de otros títulos como Lost –que tuvo un total de seis temporadas— o 24 —que en enero de 2010 estrenará la octava temporada—, Prison Break apostó por un producto de no muchos episodios, intenso y lleno de adrenalina, y se atrevió a recurrir a un reparto desconocido en su mayoría que, a la postre, resultó ser excelente.
Muchas críticas señalan que la tercera y cuarta temporada de Prison Break eran innecesarias. Olvidan quizá que al poco de iniciarse la tercera hubo una huelga de guionistas que complicó ostensiblemente el resultado final. Ciertamente, ambas están muy por debajo de las dos primeras, pero aun así el show en conjunto es de una alta calidad.
Quien contemple la serie con detenimiento, aprenderá cosas interesantes en torno a temas de la más diversa índole: desde geografía y geología—unos cuantos estados de EEUU, curiosidades sobre Panamá, la dureza de algunas piedras y sus propiedades, etc.— hasta química (productos tóxicos o mezclas nocivas y venenos), pasando por los intrincados mundos del derecho (leyes, prohibiciones, reglamentos seguidos en las prisiones estatales, jurisprudencia presidencial…) y de la comunicación (la corresponsalía, algunos métodos de desinformación, etc.).
En definitiva, Prison Break representa una de las pocas series televisivas cuyo éxito comercial ha ido en sintonía con la alta calidad de su contenido. Si en los apartados técnicos alcanza unas cotas más que dignas, demostrando una hábil, vertiginosa y eficaz puesta en escena, en materia antropológica lo ético queda también representado con suficiente claridad: se huye del relativismo y la delimitación entre el bien y el mal es transparente como el agua.

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